Sin la contradicción interna no es posible la vitalidad y el movimiento, mucho menos la regeneración. Todo encierra en sí su propia contradicción, toda tesis su antítesis, que lejos de suponer un obstáculo insalvable, por el movimiento dialéctico interno, regenera constantemente su entidad, hace aflorar una síntesis. Sólo las entidades que tienen en sí su propia contradicción son capaces renacer por este proceso.Hace tiempo, cuando se gestaba la Iniciativa Legislativa Popular para la prohibición de las corridas de toros en Cataluña, comentaba con algún activista antitaurino que tal acción iba a suponer, a la postre, una revitalización de la Fiesta en una proporción mucho mayor que la negación que supondría su pretendida eliminación. Al fin y al cabo, la Fiesta del Toro en nuestro país había entrado en un letargo desde su último esplendor, el de su consolidación a finales de los 80 y principios de los 90 como gran espectáculo mediático gracias al impulso de las cadenas de televisión, y tal acción en su contra podría ser un elemento de regeneración. Es curioso que los pasos que la Fiesta ha dado como espectáculo a lo largo de la historia no han tenido nada que ver con lo que le es esencial, ni con su estética, en el sentido amplio del término, ni con su ética interna, sino con cuestiones tangenciales a la misma, la mayoría de índole político; la abolición de las corridas de toros en Cataluña llevada a efecto en el Parlament y las posteriores reacciones sobre la medida no tenían nada que ver con su esencia, no se han apartado de este patrón.
El aludido letargo de la Fiesta había hecho que la misma fuera una cuestión marginal en el debate social y político en España y, por supuesto, en aquellos países en los que no había ninguna tradición taurina. Sin embargo, el proceso de abolición de las corridas ha puesto de nuevo sobre la mesa la Fiesta con el pretendido disfraz de un nuevo debate. Pretendido pues, más allá de las controversias filosóficas habidas en el debate entre los derechos de los animales frente a los valores artísticos y culturales de la misma, el del progreso moral frente a la pervivencia de un rito con clara raigambre existencial, nuevamente el sesgo político, siempre con el horizonte histórico de la fractura entre las dos Españas, ha entrado en juego, esta vez teñido de nacionalismo regional. Al fin y al cabo, la abolición de las corridas en Cataluña no ha conllevado el lógico corolario de la prohibición, sino, más bien al contrario, la protección, de las tradiciones de los embolats o los bous al carrer, tan arraigadas en la zona catalana del Ebro, por ser éstas propias de la cultura catalana.
La reacción no se hizo esperar. Esperanza Aguirre entró en el juego de esta burda politización de la Fiesta proponiéndola como Bien de Interés Cultural, acción ésta seguida por otros líderes regionales que, independientemente de su ideología, apostaron por su defensa. Así, si en Cataluña se había utilizado el envoltorio de los derechos de los animales para llevar a cabo una acción de carácter meramente político, la lideresa utilizó el cultural con el mismo fin, levantar un nuevo frente de confrontación política dentro de la dicotomía España-Cataluña. Paradójicamente, la banalidad y superficialidad del debate surgido sobre la Fiesta ha hecho que ésta, como antes se ha apuntado, haya quedado situada como uno de los principales puntos de la agenda política y, por ende, como uno de los temas de debate en cotidianas conversaciones. La Fiesta, de nuevo, protagonista.
El pasado 22 de Abril acaecía un nuevo hecho que jalonaba este proceso de revitalización; el gobierno francés declaraba las corridas de toros como Patrimonio Cultural Inmaterial, apoyándose no sólo en sus valores artísticos y culturales sino en su potencial turístico. Es posible que el país galo no hubiera procedido a tal declaración si en España no se suscitara el debate sobre la Fiesta, pero lo que sí es cierto que tal hecho no está contaminado de la misma manera que en nuestro país. No sólo supone el reconocimiento de la misma como un acontecimiento cultural cuya importancia radica en su propia esencia, sino el de irlo afianzarlo como una manifestación universal, y no propiamente española. Francia vuelve a crear cátedra: respeta las minorías políticamente, pues la afición a los toros en el país galo sólo se da en unos pocos municipios de su zona sur, y reconoce la Fiesta por los valores que les son propios. En definitiva, lejos de continuar con la burda politización que se ha dado en España, coloca la Tauromaquia en el plano que le corresponde, el cultural.
El tratamiento de la Fiesta desde el plano cultural supone, pues, la creación de un nuevo horizonte para la revitalización de la misma. Atrás quedan los debates políticos que, desde Felipe V, la habían contaminado. Es posible que se haya llegado a esto por el éxito que la acción de los abolicionistas, apoyada por los nacionalistas, en Cataluña; ninguno de ellos pensaría que el resultado final de aquélla, a largo plazo, sería el de la creación de nuevos horizontes para la expansión de la Tauromaquia pero, como se suele decir, quien siembra vientos recoge tempestades. Así, al plantear una contradicción, han conseguido una nueva revitalización de la Fiesta. Al fin y al cabo, los antitaurinos también son parte esencial de la Fiesta de los Toros.















