De alguna forma, la acción política se ha ido acomodando a la mera actividad; digo esto, queridos lectores, pues siempre he entendido la política como una actuación del ser humano que, mediante el lenguaje, configura y reconfigura el mundo público, dando así nuevas posibilidades de organización en este ámbito. Al fin y al cabo, la acción política, en un sentido básico, es la que está destinada a modificar una situación de hecho que, en cierto sentido, perjudica a la sociedad. Pero al haber empezado este escrito por tal paradójica aseveración estoy pretendiendo dar a entender que tal acción ha quedado recluida dentro de un sistema de reglas técnicas, a lo que llamo mera actividad, que hacen del que la lleva a cabo, el político, un mero burócrata cuya tarea es claramente previsible.
No da este pequeño artículo para exponer el contexto cultural en el que esto se produce, la primacía de lo establecido sobre la acción política, de la técnica sobre práctica, del saber sobre el pensar. Pero lo cierto es que tal acomodamiento ha anquilosado ciertas pautas de comportamiento a las que el mal llamado político se aferra en su actividad y con las que el, llamémosle así, político puro fricciona. O, dicho de una forma nietzscheana, lo que para uno es su resguardo, para el otro es su prisión. Y es que, continúo con la misma forma de expresión, como en toda faceta de la vida social existen espíritus débiles, necesitados de la protección de las reglas, y espíritus fuertes, para quienes tales suponen siempre un impedimento.
Una de las enseñanzas de la Odisea, de Homero, es que la trasgresión de las reglas nos depara ciertos infortunios y pesares. De ahí que Ulises, tras haber osado retar a los dioses después de la toma de Troya (la Iliada), en definitiva, haberse enfrentado con las reglas establecidas, es condenado por éstos a vagar sin rumbo en su viaje de vuelta a Ítaca, donde es rey, como represalia a su sobresaliente audacia. De una forma indirecta, el mito está dando a entender que el ser humano debe asumir como propia la actividad que le es dada por la regla si pretende alejar de su vida las preocupaciones y dificultades que acompañan la de quien por su audacia la trasgrede. Que en el mundo de la política la mayoría prefiera acomodar su actividad a las reglas de algún modo establecidas, a vivir a su resguardo, en la sombra, parece dar a entender dos cosas: la primera, que su espíritu es tan débil que necesitan esta protección y que, la segunda, tal les provee de un decurso vital en el ámbito político carente de sobresaltos. Que sólo unos pocos se sientan aprisionados por tales reglas y abriguen la necesidad de, con su propia acción, crear unas nuevas, denota que en política hay muy pocos políticos, muy pocos espíritus fuertes.
Todo esto tiene su repercusión moral. Desde un punto de vista nietzscheano, aquellos que necesiten el amparo de tales reglas, de tal inveterada actividad, verán como bueno estar sometido a ellas pues, al fin y al cabo, están por ellas protegidos, mientras que mirarán con recelo a quienes no sometiéndose a las mismas intentan reconfigurar tal estatus con otras nuevas. Lo primero será considerado como bueno; lo segundo, malo. Desde el punto de vista de ese espíritu fuerte, su acción, con la pretende reconfigurar el mundo, será considerada como buena, mientras que las reglas que la oprimen y, en cierto modo, la impiden, como malas. Paradójicamente, según este esbozo ético, el político puro es odiado en el mundo de la política, precisamente por quienes están acomodados a una actividad que no supone más esfuerzo que el de dejarse llevar. Odiado, y reprendido.

Volvemos ahora a la Odisea, a sus pasajes finales. Ulises, tras su largo y curvo peregrinar, logra arribar a Ítaca, donde desde hace veinte años le espera Penélope, su mujer, y por ser reina, pretendida ahora por muchos. El rey no puede acceder como tal a su propio palacio y urde la estratagema de hacerse pasar por mendigo. He aquí otro de los mensajes que nos deja Homero en la Odisea, la humillación necesaria del audaz, Ulises, como última prueba para conseguir su objetivo.
El político puro no sólo es reprendido por los políticos acomodados; debe asumir tal castigo, la humillación, como resultado de su audaz acción, la que ha puesto en peligro el estado que les resguarda. Quizá sea, a posteriori, tal castigo lo que indique que quien lo sufre es un político puro, un espíritu fuerte. Pero lo que, con seguridad, denota tal fortaleza es la asunción tras el castigo como propia de esta célebre frase.
Lo que no me mata me hace más fuerte
(Friedrich Nietzsche)
(Friedrich Nietzsche)


















