
Queridos lectores, hoy he tenido el gusto de asistir a la conferencia que, penúltima en el ciclo del
VI Curso Filosófico del Distrito de Barajas, ha pronunciado su organizador, el Director del Centro Cultural "Gloria Fuertes", Juan Carlos Infante. El título de la misma,
Vida Cotidiana, Sufrimiento y Muerte: una Compresión Filosófica de "Peñas Arriba" de José María Pereda, ya señala la labor de interpretación que el ponente ha realizado de la mencionada obra, la cual ha sido expuesta, a pesar de su dificultad conceptual, con gran sencillez y dinamismo. De los temas tocados, y lejos de intentar realizar un mero resumen de la conferencia, me ha llamado la atención el de la cotidineidad, sobre el que he venido meditando en el camino a casa.
Estoy seguro que todos vosotros, queridos lectores, habréis meditado sobre el sentido de la vida, de la vuestra, la que tenéis más a mano. Al fin y al cabo, tal sentido es otorgado a nuestro decurso vital con la elección de determinados hitos a los que damos un cierto significado y que, expuestos en el horizonte creado con nuestro proyecto de vida, son relevantes en la consecución o no de aquel. Son hechos sobre los que, a fuer de meditar en su significado, nos son tan presentes a la memoria que constituyen parte de nuestro presente. La historia personal de cada uno de nosotros se construye en base a esos escaso momentos significativos de nuestra vida, los que le dan sentido. Pero esto ya supone nuestra primera distinción, la habida entre la vida de una persona y su historia individual; pues si ésta última está construida con los momentos significativos de la vida, qué pasa con los demás hechos, con el resto de acontecimientos que, lejos de ser significtivos, históricos, son meramente cotidianos? En definitiva, la diferencia entre la Historia y la Vida.
Los hechos relevantes de nuestra vida, los que componen nuestra historia personal, son configurados, en último término, mediante un proceso de significación, de atribución de significado en orden al proyecto vital de cada uno; es así como se construye, a partir de un mero hecho físico, un acontecimiento histórico. Tras nuestra muerte, de nuestra vida, del recurrente decurso de acontecimientos, ha sido rescatada una historia, en definitiva, una novela. Pero, por qué no decir, en lugar de haber sido rescatada una historia, que nuestra vida ha sido reducida a una historia? Esto es ya una opción, no ética, sino existencial, apostar, no por lo relevante de nuestra vida, sino por lo cotidiano de la misma, por la vida misma.
Un insulso paseo, el café de todas la mañanas, el sentir el aire en la faz de nuestra cara, el frotarse los ojos, el oír los ladridos de los perros cuando anochece... Estoy seguro que vosotros, queridos lectores, podéis enumerar una infinidad de actos y hechos cotidianos, irrelevantes según vuestro proyecto de vida, de vuestra particular novela, pero, ojo, imprescindibles para poder escribirla. Que no les demos sentido, que carezcan de relevancia, no quiere decir que no existan; más al contrario, son los que plenamente existen, siendo, por contra, los hechos significativos los alzados a la categoría de históricos por nosotros. Esto último es un opción personal, cuando lo anterior es absolutamente necesario.

No hace tanto utilizaba, no sé a santo de qué, la formas reflexivas de dos verbos que gramaticalmente les imposible adquirir, ya me diréis: ser
se y vivir
se (formas de ser y vivir). Esto, un error gramatical, está permitido en filosofía para descender al plano de lo cotidiano, de los hechos aboslutamente irrelevantes de nuestra vida, los que componen nuestra existencia, lo que por su obviedad desechamos de nuestra historia. Vivir la cotidianeidad supone vivirse y serse, sin más, sin ninguna explicación posterior, sin ningún proceso de significación por nuestra parte. Disfrutar de la cotidianeidad es disfrutar de nuestra propia existencia, de nosotros mismos.
Bueno, queridos lectores, ya veis qué cosas se piensan de camino a casa. Quisiera felicitar a Juan Carlos Infante por su interesantísima conferencia y, por supuesto, por haber implantado estos cursos filosóficos en el Barajas que, lejos de ser cotidianos, son tremendamente relevantes para la vida cultural del distrito.