
Queridos lectores, los que ya me conocéis sabéis de mi gran afición por los Toros, si bien es cierto que en este blog, aun con tan taurino nombre, no hablo jamás de la Fiesta; para tal fin utilizo
Lluvia de Toros. El que lo haga ahora responde a la polémica generada, y que cual Guadiana resurge de tiempo en tiempo, a raíz de la Iniciativa Legislativa Popular que se tramitará en los próximos meses en el parlamento catalán. Me comentaba mi amigo Joan Grimal, miembro del
PACMA y uno de los impulsores de tal iniciativa, que habían sacado adelante su iniciativa, de alguna forma, dejando atrás la esencia de su reivindicación, la cual quedó engullida por la disputa política entorno a la identidad nacional en Cataluña. No quisiera hablaros hoy de tal perversión del debate sino de otro que, desde mi punto de vista, subyace al mismo: la convivencia de la Fiesta con el Progreso.
Por
pro-greso se entiende el ir hacia delante, avanzar, acción de perfeccionamiento, si se quiere. Las acciones mediante las que se
pro-gresa se manifiestan en el tiempo, por lo que a tal concepto le es consustancial una connotación historicista. El
pro-greso se manifiesta en ciertos hitos de carácter temporal que acontecen siempre dentro del mismo cauce histórico, el que lleva del estado primigéneo hasta el mundo que se desea conseguir. El concepto, por tanto, encierra unas connotaciones éticas, el planteamiento de un determinado fin a conseguir, un mundo ideal realizable en el futuro, que actúan como guía de actuación en el mundo real, el actual. El avance hacia este mundo ideal se ve menoscabado por acciones y hechos que contrarían su consecución; en éstas se manifiesta el
re-greso.
En el PSOE, así como en todos los partidos de izquierda, el progreso es un mito: desde su fundación, el partido se ha visto impregnado de esa convicción ética, ese horizonte de un mundo ideal, que actúa como guía general en las acciones particulares emprendidas. El PSOE, consecuentemente, tiene esta vocación historicista. Pero mientras el discurso metafísico no ofrece problemas de falsación por los hechos, sí, en cambio, el político; de ahí que se generen encendidos debates en torno a ciertas singulares cuestiones que, en el fondo, redundan en si tales son manifestaciones del
pro-greso o del
re-greso. Una de ellas, y ya nos metemos en harina, es la Fiesta de los Toros: ¿es parte de un pasado que hay que superar y, por ende, una contrariedad en ese mundo ideal al que progresando se quiere llegar? ,¿o, simplemente, es un mundo paralelo completamente ajeno a la dicotomía
pro-re?


Calificativos que esgrimen los antitaurinos sobre la Fiesta y los aficionados a la misma, como lo son el de salvaje o bárbara (calificativos ambos que nos transportan a un estado primigéneo de incivilización), implican que tales se autoconciben como portadores del
pro-greso, algo así como pequeños profetas del mundo ideal que adviene de forma inexorable. En contraposición, los aficionados somos indirectamente considerados como lastre del tal proceso. En efecto, la postura de los antitaurinos es ya en si un posicionamiento ético pues, subyacente al tal discurso, se hayan los esenciales calificativos de la moral, lo
bueno como sustancia del
pro-greso y lo
malo del
re-greso.
Pero el que el Progreso sea un mito en el PSOE, al margen de ofrecer un horizonte utópico donde enmarcar la acción, conlleva, asimismo, la cancelación de la posibilidad de tratar racionalmente las diversas singularidades que acaecen: el análisis de las mismas se ve enturbiado en todo momento por la mitificación del
pro-greso. Así, siguiendo el logicismo que plantea el mito, un socialista, por deberse a este proceso histórico, debe repudiar la Fiesta de los Toros por ser representativa de aquel tiempo de barbarie que es necesario dejar atrás. Encauzada en esta lógica surge la mencionada estrecha ética.

No voy ahora a justificar la Fiesta pues es una vivencia y, como tal, hay que vivirla, ser parte ella y por ella dejarse atravesar. Quizá en otro momento pueda hablaros de esto, aunque tiene una gran dificultad pues el que la Fiesta tenga este carácter cercena las posibilidades de un discurso logicista. Pero sí he querido con este artículo pulir un espejo para que quienes hablan sin oir sus palabras tengan un receptáculo en el que éstas les resuenen. Analizar el mundo es analizarse a uno mismo pues, como decía Ludwig Wittgenstein, "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo"
Me imagino que mi amigo Joan estará de acuerdo en estas apreciaciones de las que os hago partícipes. Las charlas que mantenemos sobre la Fiesta siempre quedan enmarcadas con el Toro como protagonista; en el fondo, a los taurinos y a los verdaderos antitaurinos, es él el que nos une. Que su sufrimiento y muerte sea motivo de emprender acciones políticas como la Iniciativa Legislativa Popular es, desde mi punto de vista, loable. Pero que tal se utilice como símbolo de progreso no hace otra cosa que ofrecer un debate fraudulento en el que el Toro queda relegado al olvido.