sábado, 4 de abril de 2009

Tratado de la Naturaleza Humana, de David Hume

Nos vamos de Semana Santa disolviendo un concepto. Le comentaba a mi sobrina, quien tiene la evaluación a finales de Mayo, que la historia de la filosofía no es la de los filósofos sino la de las ideas sobre las que ellos reflexionan. Por ejemplo, leyendo a David Hume podemos encontrar su crítica al Yo cartesiano a partir de la teoría del conocimiento de Aristóteles, lo cual tendrá una clara influencia en Nietzsche y en la filosofía fenomenológica del siglo XX. Leamos este texto y comentémosolo.

Desgraciadamente, todas estas afirmaciones positivas son contrarias a la experiencia que se presume en favor de ellas y no tenemos una idea del Yo de la manera que se ha explicado aquí. ¿Pues de qué impresión puede derivarse esta idea? Esta cuestión es imposible de responder sin una contradicción manifiesta y un absurdo manifiesto, y es, sin embargo, una cuestión que debe ser respondida si queremos tener una idea del Yo clara e inteligible. Debe ser alguna impresión la que da lugar a toda idea real. Ahora bien; el Yo o persona no es una impresión, sino lo que suponemos que tiene referencia a varias impresiones o ideas. Si una impresión da lugar a la idea del Yo, la impresión debe continuar siendo invariablemente la misma a través de todo el curso de nuestras vidas, ya que se supone que existe de esta manera. Pero no existe ninguna impresión constante e invariable. El dolor y el placer, la pena y la alegría, las pasiones y sensaciones se suceden las unas a las otras y no pueden existir jamás a un mismo tiempo. No podemos, pues, derivar la idea del Yo de una de estas impresiones, y, por consecuencia, no existe tal idea.

La idea de la existencia del Yo, implantada en la filosofía por Descartes partir de su cogito ergo sum, adquiere el estatus de punto de inflexión en el pensamiento occidental siendo, pues, una de las cuestiones fundamentales hasta el siglo XIX. La filosofía cartesiana llegaba a la consecuencia de su existencia a través de la duda fundamental sobre nuestra propia capacidad de percepción, a la que, a su vez se llega, por las continuas dudas sobre las percepciones singulares por ser, a juicio de Descartes, el conocimiento sensitivo engañoso. De esta forma, esa duda fundamental implicaba necesariamente la existencia del Yo como pensamiento, res cogitans.

Podemos empezar diciendo que Hume se constituye en el contrapunto de Descartes no ya sólo por su negación del Yo, sino por el método seguido para llegar a tal consecuencia. Mientras Descartes duda sobre la sensación, sobre lo percibido por nuestros sentidos, el filósofo inglés la da una carta de superioridad frente a lo que desde ésta podamos evocar en nuestra imaginación, entendiendo por ésta última la facultad de re-crear las sensaciones primarias. Según Hume nunca pueden llegar [las facultades de la imaginación] a un grado de vivacidad tal como para hacer estas percepciones absolutamente indiscernibles de las sensaciones. Así pues, mientras Descartes ponía en duda la facultad sensitiva por ser esta causa de engaño, Hume les da carta de legitimidad por la vivacidad con que re-producen el objeto percibido.

En el pensamiento humenano la idea del Yo sería consecuencia, por tanto, de una sensación previa de tal objeto, la cual niega pues no existe una impresión constante e invariable del mismo. A la idea del Yo, según Hume, se llega mediante la sucesión ininterrumpida de impresiones de distintos objetos las cuales hacen que en nuestra imaginación se re-produzca, a partir de la contigüidad de las mismas, una identidad formal de todas ellas. De alguna forma, nuestra imaginación nos engaña cuando en todas nuestras impresiones nos hace creer que hay un yo particular que se generaliza en su continua sucesión. Según Hume fingimos la existencia continua de las percepciones de nuestros sentidos para evitar la interrupción y recurrimos a la noción de un alma, yo y substancia, para desfigurar la variación.

La teoría del conocimiento en David Hume tiene una clara raíz aristotélica. De la misma forma que el estagirita, la sensación para el inglés lo es particular o fenoménica, es decir, se percibe siempre un objeto concreto siendo, además, la presencia de éste la condición necesaria para el conocimiento sensible. En palabras de Aristóteles, de esta manera está en el poder del hombre hacer uso de su mente cuando él quiera, pero no está en su mano experimentar la sensación, porque para ello es esencial la presencia del objeto sensible.

Por otro lado, la crítica humeana al Yo cartesiano es palpable en Nietzsche. Baste leer este pequeño pasaje de sus Fragmentos Póstumos: Sujeto: es la terminología de nuestra creencia en una unidad por debajo de todos los diferentes momentos de mayor sentimiento de realidad [recordemos que las sensaciones o impresiones tienen más vivacidad que las ideas extraídas de ellas]; comprendemos esta creencia como el efecto de una causa, - creemos tanto en nuestra creencia que por su causa imaginamos la “verdad”, la “substancialidad”. El “sujeto” es la ficción de que muchos estados iguales en nosotros serían el efecto de un único substrato; pero somos nosotros quienes hemos creado la “igualdad” de estos estados [la igualdad de las percepciones, su semejanza, seria la idea sobre la que fundamentar la existencia del Yo].

Asi que, por resumir muy brevemente lo dicho, mientras en Descartes el Yo es una realidad y verdad insoslayable a la que se llega desde la duda continua sobre las ininterrumpidas sensaciones percibidas por los sentidos, en Hume el Yo es una ficción creada por nosotros mismos al esblecer un principio de igualdad formal entre las impresiones, las cuales tienen más realidad por re-producir más vivazmente el objeto percibido.

1 comentario:

Anónimo dijo...

:D muchas gracias de nuevo tio!!!!
te llamare a la hora de comer porque es de suponer que ahora no estas!!
un besoooo!!