“Pues primeramente reconozco que es imposible que él me engañe jamás, ya que en todo fraude y engaño se encuentra algún género de imperfección, y aunque parezca que el poder engañar sea una marca de sutileza o de poder, sin embargo el desear hacerlo testimonia sin duda debilidad o malicia y, por consiguiente, tal cosa no puede hallarse en Dios. Después, conozco por mi propia experiencia que hay en mí una cierta facultad de juzgar o discernir lo verdadero de lo falso la cual he recibido sin duda de Dios, así como las restantes cosas que hay en mí y que yo poseo, y, dado que es imposible que él quiera confundirme, es cierto también que me ha dado esta facultad tal que yo no pueda errar nunca si hago uso de ella como es preciso”Es clara, desde mi punto de vista, la insoslayable unión en Descartes de los planos ontológico, el problema de la realidad, y epistemológico, el referido a la verdad y su conocimiento. De esta forma podemos leer que en todo fraude y engaño se encuentra algún género de imperfección, ésta última no predicable de Dios, realidad suprema y perfecta, pues de éste sólo se puede obtener la verdad. En el párrafo siguiente a éste, Descartes nos hace atisbar una pirámide ontológica, a su vez epistemológica, en la que Dios, el ser, se halla en la cúspide y la nada, el no-ser, en su base: yo soy como un intermedio entre Dios y la nada. El yo se nutre de la máxima perfección de Dios, pues de él se son las cosas que hay en mí y que yo poseo, siempre matizada por la máxima imperfección de la nada, matiz este que le lleva a sus continuas dudas y engaños generados por los sentidos.
La imperfección del yo le viene dada por su errático conocimiento de la verdad, producido éste por las siempre confusas ideas generadas sensitivamente. El conocimiento sensible es falso y, por tanto, inválido para fundamentar todo conocimiento verdadero, como lo sería para Descartes el de la teología o las ciencias. Sin embargo, es cierto también que me ha dado esta facultad tal que yo no pueda errar nunca si hago uso de ella como es preciso, lo cual quiere decir que indeleblemente en el yo se halla la posibilidad real del conocimiento inteligible por el cual se mantendrá en la verdad. Tal facultad es la que, por ejemplo, nos hace llegar a la conclusión de que lo esencial y verdadero de las cosas sensibles no es otra cosa que su extensión: el mundo sensible, res extensa.
Como os he señalado antes, este texto de Descartes me ha llamado su atención por su platonismo: por un lado, parece clara la utilización del filósofo francés de la pirámide ontológica de Platón, en la que en la cúspide se hallan las ideas que, gradualmente, proyectaban su perfección en los estratos inferiores; el último de estos estratos es la materia, la nada, con la que las formas conforman sus objetos. La influencia del Timeo en Descartes es tan nítida que este podría haber hecho suya la pregunta que da pie a la disertación platónica: ¿Qué es lo que es siempre y no deviene y qué, lo que deviene continuamente, pero nunca es? Podemos traslucir de tal pregunta la dualidad entre el mundo de las ideas, lo que nunca deviene y siempre es, y el mundo sensible, lo que deviene y nunca es.Por otro lado, el plano epistemológico, el del conocimiento, se haya tan insoslayable unido al anterior en Descartes como en Platón. De hecho la facultad tal que yo no pueda errar nunca si hago uso de ella como es preciso no es otra cosa que una actualización de la anamnesis platónica, o reminiscencia, expuesta tan genialmente en el Menón por el filósofo ateniense. Así, de la misma forma que el esclavo de Menón, quien aun no habiendo cultivado su conocimiento académicamente, era capaz de “recordar” las nociones de la geometría, Descartes cree innata tal facultad cognoscitiva para llegar al conocimiento de la verdad.
Es reseñable comentar cierta reminiscencia de la cultura griega clásica, asumida por Platón en su obra, que tiene, a mi juicio, reflejo en Descartes: la equiparación entre los planos epistemológico, moral y estético en los griegos les llevaba a establecer la sinonimia entre la verdad, el bien y lo bello. La analogía entre los dos primeros conceptos, verdad y bien, es recogido en la filosofía cartesiana de una forma palpable pues el hecho que Dios, lo perfectamente real y verdadero, pretenda engañarnos testimonia sin duda debilidad o malicia. Tal paralelismo queda patente cuando Descartes alude a la posible existencia de un genio malicioso y astuto que empeña todas sus fuerzas y astucias en engañarme, donde la conexión entre los planos moral, la malicia, y epistemológico, el error, es insoslayable.
El conocimiento geométrico postulado por la filosofía cartesiana, por su inteligibilidad y, por ende, alejamiento máximo del conocimiento sensible, tendrá su punto culminante en los Principia Mathematica de Isaac Newton, todo un esfuerzo de explicación de la naturaleza mediante constructos geométricos.
Bueno, espero que este comentario le sirva por lo menos a mi sobrina.
7 comentarios:
Y todavía hay gente que dice que Descartes era ateo
Me gustan las recopilaciones de "frases célebres", estas dicen ser suyas...
Caray, que lección de filosofía. Con lo mal que se me daba en el cole... Creo que tengo que leerlo de nuevo.
Saludos y beso. Hoy me lleno de filosofia con tus letras, que lindo aprender de ti. Cuidate mucho.
vale voy a decir lo que he pensado al leerte, xd si yo los lunes casi no puedo articular palabra jaajajaj como voy asimilar todo esto jijiji luego vengo mas despierta y releo
No está mal un poco de filosofía en lunes :) así tengo para reflexionar todaaaaaaa la semana. Gracias, primito.
Muchos besos "de verdad"
Yo llamaría este post, Filosofando al desnudo,leerte sobre Descartes es una delicia. Gracias por recordarlo y recordármelo.
Un abrazo!
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