"El ataúd-salvavidas saltó en el aire con ímpetu a causa de su ligereza, volvió a caer en el mar y flotó a mi lado. Sostenido por ese ataúd durante casi un día entero y una noche, anduve a la deriva en un mar sereno que parecía susurrar un canto fúnebre". Estas fueron casi las últimas palabras de la extraordinaria historia que me contó Ismael durante aquel invierno. Qué paradoja! salvar su vida aferrado al ataúd de Queequeg.Muchas veces he pensado que no era tanto su vida lo que salvó con ese ataúd como su propia humanidad. La misma que el prometeico Ahab perdió al querer luchar contra Moby Dick que, tan blanca como el sudario que espera a todo ser humano, no era otra cosa que su propia y segura muerte. Es posible que el mensaje que me quiso transmitir Ismael era que la tan temida muerte en el fondo era la que nos hacía humanos y que, inexorablemente para serlo, debíamos reconocer nuestra propia finitud y limitación.
En estos días hay ciertas personas que me recuerdan al obsesivo y enfermizo Ahab, no ya porque intenten evadir su muerte, que a lo mejor también, sino porque instalados en la negación y rechazo frontal de las ideas de los demás pretenden eternizarse en su asiento. Y es que, en política, la muerte en vida no tiene otra antesala que la utilización del poder por el poder, cristalizada en el veto y en la carencia de diálogo, en la negación de las ideas de los demás.
La democracia hace planear sobre el político la sombra de la caducidad al obligarle a contrastar en el ágora su discurso, sus ideas, frente a todos los demás, límite tan necesario como la muerte. Sólo reconociendo el límite que aquéllos nos imponen podemos ser políticos; solo aceptándolos podremos establecer un diálogo. Quien así no lo hace se convierte en un tirano tan preocupado de no perder su sillón como Ahab de dirigir a la tripulación del Pequod contra Moby Dick
De todas formas, queridos lectores, la analogía que he establecido en este post no tiene más validez que la plausibilidad de la interpretación que realicé del relato que me contó Ismael, cuya lectura os recomiendo fervientemente. Yo mismo volveré a sumergirme en ella dentro de unos días.
Hoy, queridos lectores, os dejo con una de mis canciones preferidas, el bello llanto de Roy Orbison (Crying)





uestros sentidos haciéndonos ver, por ejemplo, en un simple compañero una terrible amenaza. Enfermedad febril.

